España no vive con miedo, pero sí con una fuerte sensación de vulnerabilidad
Hay estudios que nos dicen qué preocupa a la gente. Y hay otros que, además, permiten leer el clima emocional de un país. El estudio del CIS sobre “temores en la sociedad actual” (febrero, 2026) pertenece claramente al segundo grupo. Porque la imagen que deja no es la de una sociedad paralizada por el pánico, pero tampoco la de una ciudadanía tranquila. Lo que aparece, más bien, es una España que sigue funcionando mientras percibe que muchas de sus certezas básicas se han debilitado.
Lo primero que conviene subrayar es que los españoles no se definen mayoritariamente como personas especialmente miedosas. Solo un 4,4% dice tener “muchos” miedos y temores y un 7,9% “bastantes”, frente a un 28,2% que habla de “pocos” y un 26,6% que afirma no tener ninguno o casi ninguno. Es decir, no estamos ante una sociedad que se reconozca a sí misma como dominada por el miedo. Pero eso no significa, ni mucho menos, que viva serena.
De hecho, entre quienes sí reconocen tener temores, estos se reparten casi por igual entre las cuestiones personales y las que afectan a la sociedad española actual, ambas con un 31,4%. Ese dato ya marca una clave de lectura importante: el malestar no se queda en la esfera íntima. Lo personal y lo colectivo se entrelazan. El miedo no está solo dentro de cada uno, sino también en la forma en que se percibe el entorno
No hay pánico generalizado, pero sí una inquietud extendida

Esa diferencia entre miedo declarado e inquietud latente se ve todavía mejor en otros datos del estudio. Aunque el 46,7% dice no haber experimentado últimamente angustia o miedo sin una causa concreta con ninguna o casi ninguna frecuencia, casi la mitad de la población reconoce que sus miedos y preocupaciones son hoy mayores que hace un año. Leído en detalle, un 15,5% afirma que son mucho mayores y un 33,4% algo mayores. No parece, por tanto, que estemos ante un clima de pánico cotidiano, pero sí ante un aumento claro de la preocupación.
Ese matiz es importante. El problema no es tanto una sociedad bloqueada como una sociedad más alerta, más cargada y más consciente de su fragilidad. Incluso en indicadores más pegados a la vida diaria aparece esa mezcla. Una mayoría se siente muy o bastante segura caminando sola por determinadas zonas de su entorno tras anochecer, pero al mismo tiempo el miedo y las preocupaciones han quitado el sueño al menos a veces a una parte relevante de la población. No estamos ante un derrumbe emocional general, sino ante una inquietud que se ha ido instalando.
Los grandes temores no son particulares, sino estructurales

Lo más interesante del estudio aparece cuando dejamos de mirar cuánto miedo declara la gente y nos fijamos en qué tipo de miedo organiza hoy su visión del mundo. Los temores más intensos no son meramente subjetivos, ni mucho menos marginales o extravagantes. Se concentran en cuatro grandes ejes muy reconocibles: la salud, la pérdida, la estabilidad material y la incertidumbre colectiva.
En el plano más íntimo, los mayores niveles de temor se concentran en perder a un familiar cercano, perder la salud, perder la vista o contraer un cáncer. Son miedos ligados al cuerpo, al deterioro y a la pérdida de lo irremplazable.
Junto a ellos aparecen otros temores que también podríamos encuadrar en la pérdida, pero en este caso, ligada a cuestiones puramente materiales. Emergen aquí el miedo a que el trabajo o la pensión no permitan vivir con dignidad o no poder pagar la vivienda. Es decir, junto al miedo a enfermar o perder a los nuestros, emerge con claridad el miedo a no poder sostener una vida material básica. Estos temores están estrechamente correlacionados con la certeza compartida cada vez por más generaciones de que el empleo ya no es condición suficiente para garantizar no ya una vida tranquila, sino en muchos casos, ni tan siquiera la inserción social. Según datos de Oxfam Intermón, cerca de 3 millones de trabajadores se encuentran hoy en riesgo de pobreza o exclusión social. Esto significa que, a pesar de contar con un empleo, sus ingresos no alcanzan para superar el umbral de la vulnerabilidad económica.
A todo lo anterior se suma una dimensión netamente colectiva. La posibilidad de una guerra mundial alcanza una media de 8,01% en la escala de temor; la de una guerra civil, 7,49%; una crisis económica, 7,30%; y una crisis de la democracia, 7,21%. Además, un 78,9% cree posible que en el futuro tenga lugar una guerra con armas nucleares. Aquí está, seguramente, uno de los hallazgos más potentes del estudio: la sensación de amenaza no se limita a la vida privada, sino que se proyecta sobre el horizonte político, geopolítico e institucional.
No es casual, en este contexto, que el 89,8% considere que los conflictos sociales van en aumento en España, ni que un 76,6% perciba mucho o bastante deterioro de la democracia. Tampoco lo es que un 77,1% crea que los medios de comunicación están contribuyendo a aumentar la sensación de miedo en la sociedad. Lo que transmite el estudio es la idea de un entorno cada vez más inestable, más crispado y menos fiable. El miedo se ha convertido en la emoción dominante a la hora de leer nuestro momento histórico.
Una sociedad que siente fragilidad, pero no se rinde

Hay, sin embargo, un último giro en los datos que evita una lectura derrotista. Junto a esa fuerte sensación de vulnerabilidad, aparece también una cierta capacidad de resistencia subjetiva. El 86,8% afirma sentir que, haga lo que haga en su vida, hay factores externos que escapan a su control. Además, un 37,2% cree que dentro de diez años sus condiciones de vida serán peores, frente al 29,7% que piensa que serán mejores. Son cifras que hablan de descontrol y de incertidumbre de futuro.
Y de forma casi paradójica, el 79,4% se sigue considerando una persona más bien optimista. Y no es un dato menor. Tampoco lo es que el 90,1% diga contar con personas con las que puede hablar abiertamente de sus miedos y temores. Persisten recursos emocionales, vínculos y cierta voluntad de seguir mirando hacia delante con un horizonte compartido con nuestro entorno.
Eso no contradice el análisis de un temor en auge, sino que lo vuelve más complejo e interesante. El estudio sugiere que hoy el malestar no adopta necesariamente la forma del hundimiento, sino la de una vida sostenida en equilibrio inestable. Una sociedad puede seguir considerándose optimista y, al mismo tiempo, sentir que pierde pie. Puede no verse a sí misma como especialmente miedosa y, sin embargo, percibir que el mundo se ha vuelto más incierto, más hostil y menos controlable.
Una lectura prospectiva: vulnerabilidad, apertura a la excepción y legitimidad democrática

Quizá esa sea, en el fondo, la principal enseñanza de este CIS. España no aparece como una sociedad dominada por el miedo en un sentido psicológico simple. No vemos una mayoría instalada en el pánico ni una ciudadanía que se describa a sí misma como permanentemente asustada. Lo que vemos es algo más complejo y, probablemente, más decisivo. Estamos ante una sociedad que percibe que sus apoyos básicos, materiales, sociales e institucionales (la salud, la estabilidad económica, la vivienda, la convivencia, la democracia o el control y la planificación sobre la propia vida) son hoy menos sólidos que antes.
Leído en clave sociológica, ese clima de vulnerabilidad tiene una implicación política de fondo. Se parece, al menos parcialmente, a la lógica que Naomi Klein describió en La doctrina del shock (2007); no porque estemos necesariamente ante un shock único y espectacular, sino porque la acumulación de inseguridades puede generar una disposición social distinta, más receptiva a soluciones de excepción. Cuando una mayoría percibe que los conflictos sociales aumentan, que la democracia se deteriora, que el futuro puede ser peor y que buena parte de su vida depende de fuerzas que no controla, el marco de lo aceptable se mueve. Reformas que en un contexto de mayor seguridad quizá parecerían demasiado duras, impopulares o regresivas pueden empezar a presentarse como necesarias, inevitables o incluso tranquilizadoras.
Ese es, seguramente, uno de los riesgos más relevantes del momento. Si somos capaces de ir más allá del dato, debemos fijarnos no solamente en el aumento de los miedos e inquietudes, sino en las implicaciones a nivel social que este dato puede tener. La experiencia nos enseña que el miedo es un instrumento poderoso a la hora de (re)organizar las disposiciones colectivas. Una sociedad que se siente más expuesta no siempre se radicaliza en una única dirección, pero sí puede volverse más permeable a discursos que prometen protección rápida a cambio de asumir recortes, controles, recentralizaciones o reformas profundas que, en condiciones normales, encontrarían más resistencia. En ese sentido, el estudio no solo nos habla de los miedos de hoy; también insinúa qué tipo de decisiones podría estar más dispuesta a tolerar la sociedad de mañana.
Pero el futuro no está escrito. Ningún orden político, y menos aún el de las democracias liberales, se sostiene únicamente sobre su legitimidad de origen; necesita también legitimidad de resultados. Y esa legitimidad pasa hoy, en buena medida, por volver a ofrecer certidumbre allí donde corroboramos con este estudio que se ha instalado la inquietud. Es decir, en la salud, en el empleo, en la vivienda y en la posibilidad de planificar una vida con un mínimo de estabilidad. Porque solo cuando esos apoyos básicos vuelven a estar realmente al alcance de la mayoría se reduce el espacio para las salidas rupturistas que crecen al calor del miedo y la vulnerabilidad.
Isma




